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lunes, 26 de febrero de 2018

Frases: Libro del desasosiego

Frases: Libro del desasosiego

Fernando Pessoa (1888-1935)


Hace algún tiempo descubrí este libro en la Biblioteca pública digital Dibam. Y lo incorporé a mis lecturas habituales. Como es un libro de tipo fragmentario; como un diario personal en donde el autor arroja ideas y conceptos en forma de reflexiones versos o historias. No lo leo como acostumbro con las novelas, sino que de vez en cuando, intercalándolo con otras lecturas, de forma pausada, disfrutando los fragmentos de este genial autor portugués. Y es que Pessoa logró encantarme, no precisamente por sus ideas, que de por sí, son muy interesantes, sino por la forma que tiene de expresarlas, por la inmensa lucidez que posee para escribir sobre lo que siente y piensa. Fue un escritor con esa capacidad única de entenderse a sí mismo, y así poder estructurar su caos interior en palabras. En este libro no nos cuenta una historia, sino su historia, a saltos, a golpes, con la belleza de su prosa. 

Como todavía lo estoy leyendo, no puedo elaborar una reseña completa, pero sí he decidido compartir la enorme cantidad de frases y fragmento que he ido rescatando de mi lectura. Así, cualquier persona que tenga curiosidad de leer a este autor, podrá tomar la decisión de hacerlo o no a partir de sus maravillosas frases reflexivas. Se las dejo a continuación:

Pertenezco, sin embargo, a esa clase de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, y no ven solo la multitud de la que forman parte, sino también los grandes espacios de alrededor. 


La decadencia es la pérdida total de la inconsciencia, pues la inconsciencia es el fundamento de la vida. Si el corazón pudiera pensar se detendría. 


A quien, como yo, que vive sin saber tener vida ¿Qué le resta más que la renuncia como forma y la contemplación por destino, como ocurre con mis propios semejantes?


Pero imperfecto es todo y no hay ocaso tan bello que no pudiera serlo un poco más, ni suave brisa adormecedora que no pudiese producirnos un sueño más calmo todavía. 


Considero la vida un apeadero donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo. 


¿Por qué es tan bello el arte? Porque es inútil ¿Por qué es tan fea la vida? Porque en ella todo son fines y propósitos. Todos sus caminos conducen de un punto hasta otro punto. ¡Ojalá hubiera un camino hecho en un lugar al que nadie va! 


¿La belleza de las ruinas? El no servir ya para nada. ¿La dulzura del pasado? El recordarlo, puesto, que recordarlo es hacerlo presente y no lo es ni ya lo puede ser.


En cada gota de lluvia mi errada vida llora en la naturaleza. Hay algo en mi desasosiego en ese gota a gota, en ese llover y llover con que la tristeza del día se descompone inútilmente sobre la tierra. 


Despierto para saber que existo


El propio sueño me castiga. He adquirido en él tal lucidez, que veo como real cada cosa que sueño. Se ha perdido, por tanto, todo cuanto valoraba como soñado.


Me huele a frío, la amargura, el resultarme impracticables todos los caminos, la idea de todos los ideales. 


No querer comprender, no analizar… Verse a uno mismo como a la Naturaleza; observar sus propias impresiones como quien observa un campo —esto es la sabiduría. 


No quería sentir la vida , ni tocar las cosas, sabiendo por la experiencia de mi temperamento contagiado por las cosas del mundo, que la sensación de vida fue siempre dolorosa para mí. Al evitar ese contacto, me he aislado, y al aislarme exacerbé esa sensibilidad ya excesiva. 


El convencimiento es para mí la pérdida de una ilusión. 


Convivir con los demás es una tortura para mí. Y bien sé que los otros están en mí. Aunque apartado de ellos, estoy condenado a convivir con ellos. A solas conmigo, me cerca la multitud. No tengo a donde huir a menos que huya de mí mismo. 


El único modo de estar de acuerdo con la vida es estar en desacuerdo con nosotros mismos. Lo absurdo es lo divino.


Y me escondo detrás de la puerta, para que la realidad, cuando entre, no me vea. Me escondo debajo de la mesa donde de manera súbita doy sustos a la posibilidad. De modo que aparto de mí, como si fueran los dos brazos de un abrazo, los dos grandes tedios que me ahogan: el tedio de poder vivir sólo lo Real y el tedio de poder concebir sólo lo Posible.


Algo arrojado a un rincón, trapo caído en un camino, mi ser innoble finge ante la vida.


Estoy triste por dentro de la conciencia. Escribo estas líneas mal anotadas, no para decir esto, no para decir algo, sino para dar alguna ocupación a mi indiferencia. 


Pero soy de los que creen que la vida es mitad luz y mitad sombras. No soy pesimista. No me quejo del horror de la vida. Me quejo del horror de la mía. El único hecho importante para mí es el hecho de existir yo y de sufrir yo, y de no poder ni soñarme más allá de sentir que sufro. 


La grandeza de una bella puesta de sol me entristece con toda su hermosura. Ante ella suelo decir: el que es feliz debe sentirse contento al ver esto. 


Es noble ser tímido, distinguido no saber nada, grande no tener madera para vivir. 


Benditos quienes no confían su vida a nadie.


Mi aislamiento no es una búsqueda de la felicidad, pues carezco de alma para alcanzarla; ni de tranquilidad, que nadie consigue hasta no haberla perdido, sino de sueño, de apagamiento, de pequeña renuncia. 


Mis horas más felices son aquéllas en las que no pienso en nada, no quiero nada, no sueño siquiera… Disfruto sin amargura la consciencia absurda de no ser nada, el sabor de la muerte y del apagamiento. 


En todos los lugares de la vida, en todas las situaciones y con-vivencias, yo he sido para los demás un intruso. Por lo menos fui siempre un extraño.


Soy, por desgracia, de una frialdad comunicativa tal, que a veces obligo involuntariamente a los otros a sentirse reflejados en mi falta de sentimientos. 


Siempre fue mi deseo resultar agradable a los demás y mucho me ha dolido que siempre me fueran indiferentes. Huérfano de fortuna, tengo, como todos los huérfanos, necesidad de ser objeto de afecto por parte de alguien. 


No tengo cualidades ni para ser jefe, ni para ser un mandado. Ni siquiera estoy satisfecho conmigo, que es lo que a uno le consuela cuando las demás cosas fallan. 
Otros menos inteligentes que yo son, en cambio, más fuertes. 


Si un día quisiese a alguien, no sería correspondido. 


Nosotros no nos realizamos. Somos un abismo yendo hacia un abismo, un pozo que mira al cielo.


La amo como amo el crepúsculo o el reflejo de la luna, con el deseo de que el momento quede, pero sin que sea mío salvo en la sensación de haberlo vivido. 


Nada quiero de la vida salvo asistir a ella. No quiero nada de mí salvo asistir a la vida.


Para cualquier espíritu científicamente constituido, ver una cosa más de lo que puede verse es ver menos la cosa en sí. Lo que materialmente crece, espiritualmente disminuye.


Ojalá tallaras tus gestos como sueños, para que fuesen solo ventanas abiertas hacia los nuevos paisajes de tu alma. De tal modo construir tu cuerpo en remedos de sueño, que no fuese posible verte sin pensar en otra cosa…


Yo solo te querría para no tenerte. Quería que soñando, cuando aparecieses, pudiera imaginarme soñando aún. 


La visión de ti sería el lecho donde mi alma durmiera, niño enfermo, para soñar de nuevo con otro cielo. ¿Hablarías? Aunque oírte no fuese más que ver grandes puentes bajo la luna uniendo las dos márgenes oscuras del río que va al anciano mar donde las carabelas son ya nuestras para siempre


¿Sonríes? Yo no lo sabía, pero por mis cielos interiores menudeaban las estrellas. Me llamas durmiendo. 


Decidí abstenerme de todo, no progresar en nada, reducir la actividad a su mínima expresión, ausentarme lo más posible tanto de los hombres cuanto de los acontecimientos, refinarme a la abstinencia y renunciar a la bizantina. ¡Vivir me horroriza y me tortura tanto!


Siento la vida como un apocalipsis y un cataclismo. Día a día aumenta en mí la incompetencia incluso para esbozar gestos que me sirvan en claras situaciones de realidad. 


La presencia de los demás —tan inesperados para el alma en todo momento— me es cada día más angustiante. Hablar con los demás me llena de escalofríos. Si acaso muestran interés por mí, huyo. Si me miran me estremezco. 


Estoy en perpetua defensa. Me duelo de la vida y de los demás. No puedo encarar la realidad frente a frente. El propio sol ya me desanima y me llena de desolación.


Recelo que hablen de mí. En todo fracasé. Ni siquiera me atrevo a pensar en ser. Pensar en desearlo, ni siquiera lo soñé pues ya en el propio sueño me he reconocido incompatible con la vida. 


Toda la realidad me molesta. La conversación de los demás proyecta sobre mí una enorme angustia. La realidad de las otras almas me sorprende de continuo. 


La mayoría de los hombres son otros hombres, dice Oscar Wilde y tiene razón. Unos se pasan la vida en busca de algo que no quieren; otros se emplean en la búsqueda de lo que quieren y no les vale; otros, incluso, se pierden.