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viernes, 2 de marzo de 2018

La náusea - Reseña Nº 205

La náusea (1938)



ricardo-carrion
Jean-Paul Sartre (1905-1980)
Alianza Editorial
282 páginas
Novela existencialista 

El existencialismo nace aproximadamente a finales del siglo XIX y principios del XX. Se acentúa y toma una forma definitiva en la primera mitad del siglo XX, específicamente en el periodo entre  guerras mundiales. La devastación bélica, hace sentir al hombre soledad, lo hace ser consciente de que está solo en el mundo, completamente desamparado. A esto hay que sumarle la carencia de objetivos, dando como resultado el cuestionamiento sobre su propia existencia, provocando la angustia interna. Esto es un proceso individual, no colectivo, ya que en lo social es donde el hombre puede encontrar una forma de no pensar en su singularidad, de abstraerse, se hace uno con los demás, formando un solo ente, perdiéndose a sí mismo. 

Sartre, más que un escritor, es un filósofo. Él es uno de los responsables de acuñar el término definitivamente. Pero lo hace contradiciendo un paradigma clásico del existencialismo. Antes, se pensaba que la esencia precedía a la existencia. Lo cual implicaba que existía un creador que pensaba en algo y que luego lo creaba, dándole existencia. Para Sartre es todo lo contrario: La existencia precede a la esencia. 

En este libro Sartre nos introduce en su filosofía y nos demuestra cómo la existencia precede a la esencia en el ser humano. Para eso crea un personaje fuera de lo común. Con una vida solitaria con las características necesarias para que no se sienta parte de la sociedad y pueda mirarla desde fuera, de forma individual, como un espectador, pero que, al mismo tiempo, puede verse a sí mismo por dentro, por medio de exhaustivas interrogantes que lo asaltan a cada instante. 

"Yo no tenía derecho a existir. Había aparecido por casualidad. Existía como una piedra, como una planta, como un microbio. Mi vida crecía a la buena de Dios y en todas direcciones." Pág. 139


"Mi existencia comenzaba a asombrarme. ¿No sería yo simplemente una apariencia?" Pág. 142

Antoine Roquentin es un hombre que ha viajado mucho, es soltero y tiene treinta años. No tiene problemas económicos, tanto así que deja su último trabajo por haberse cansado de viajar. Como vive de una renta, decide aislarse en la imaginaria ciudad francesa de Bouville. Allí su vida transcurre con monotonía, con visitas al museo, caminatas por la ciudad, y una constante estadía en el biblioteca, en donde se dedica a escribir un libro sobre un personaje histórico del siglo XVIII: el Marqués de Rollebon. Así, con ese afán de escribir sobre el pasado, Roquentin comienza a sentir extraños síntomas que lo hacen sentirse asqueado, él lo llama: La náusea. 

“Era una especie de repugnancia dulzona. ¡Qué desagradable era! Y procedía del guijarro, estoy seguro; pasaba del guijarro a mis manos. Sí, es eso, es eso; una especie de náusea en las manos.” Pág. 28.

"Entonces me dio la Náusea: me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor; tenía ganas de vomitar. Y desde entonces la Náusea no me ha abandonado, me posee. Pág. 40.


"La Náusea no está en mí; la siento allí, en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor".  Pág. 41.


Todo esto lo sabemos por medio del mismo Roquentin que narra en primera persona a través de un confuso diario personal. En medio de sus peripecias, La náusea se va intensificando, hasta el punto en que descubre que el pasado no tiene sentido. Él se da cuenta que los recuerdos son solo una excusa para sentir que no se ha vivido en vano, y que el mérito de olvidarlos intensifica su vida, le da una sensación única de aventura, ya que solo ese instante importa, pero a la vez, siente el vértigo de que no hay nada más adelante y no hubo nada más atrás, es solo el ahora, la existencia vacía. Eso lo llena de angustia, a tal punto de compararse con la vegetación y los objetos. Ellos no tienen conciencia, solo existen, en cambio el ser humano adquiere el conocimiento y se da cuenta de la verdad: de que la existencia precede a la esencia. Aunque tengamos el conocimiento, este no es eterno, no trasciende. Solo lo hace existencia. Es todo lo que hay, afloramos de la nada, somos brotes aleatorios de vida que no respondemos a ningún plan ni proyecto. Podemos existir como también no existir. No tenemos causa, somos contingentes. 

“Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Solo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo.” Pág. 210.

Estas ideas que Sartre nos comunica a través del relato, las hace entender de una forma didáctica. No es un texto de filosofía, sino que crea un personaje que vive el proceso de entender que su vida es absurda. Por lo mismo, para llegar a eso, no nos cuenta una vida interesante, no es una historia entretenida, sino que es degradativa. Es un proceso de descomposición. El personaje va perdiendo poco a poco lo único que lo protege contra La náusea: el amor de una mujer y su libro. Por lo que no es una historia recomendable para alguien que busque un relato que lo motive a leer, sino para personas que busquen ideas que los motiven a leer. Es un historia de pensamientos y reflexiones que Sartre hila de forma inteligente, concepto a concepto, hasta llegar a una devastadora conclusión.


"Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta; era la materia misma de las cosas, aquella raíz estaba amasada en existencia. O más bien la raíz, las verjas del jardín, el césped ralo, todo se había desvanecido; la diversidad de las cosas, su individualidad sólo eran una apariencia, un barniz. Ese barniz se había fundido, quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden, desnudas, con una desnudez espantosa y obscena". Pág. 204.


"Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros: cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros". Pág.  205.

ricardo-carrion


Muchas gracias a Alianza editorial y a Editorial Zig-Zag por el envío del ejemplar.

Ricardo Carrión 
Administrador del blog

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