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lunes, 26 de marzo de 2018

Reseña Nº 210: Tokio blues

Tokio blues

Haruki Murakami
Editorial Planeta

Pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.

Tokio blues es mi primer encuentro con Murakami. Al parecer fue la elección adecuada, ya que en sus demás libros predomina el elemento surrealista, siendo Tokio blues la excepción. Por lo cual, es el libro ideal para comenzar con el autor. 
La historia es muy simple: Toru Watanabe tiene 37 años y al escuchar una canción en un avión, comienza a rememorar el pasado. Remontándose a los días en que iba a la escuela y luego a la universidad a finales de los años sesenta. Nos relata sus experiencias con el amor, la amistad y la muerte. Es básicamente el camino de un joven japonés hacia la madurez, con toda la implicancia que tiene la influencia externa del ambiente sobre su ser interior. 

Así pues, no tenía este punto en común con los demás, y leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaban de su aroma. Sólo aspirando la fragancia de un libro, tocando sus páginas, me sentía feliz.

La novela tiene muchos guiños a grandes obras de la literatura, como también a inolvidables éxitos musicales. La música y la literatura se funden para darle ritmo a la novela, en un compás adictivo difícil de dejar, ya que el gran protagonista de esta obra es esa prosa melódica de Murakami. 
Como se trata de una novela de cotidianidad y recuerdos, la atención del lector es difícil de mantener si las experiencias del protagonista no son lo bastante llamativas. Es por eso que cada personaje con que se encuentra Watanabe, toda persona con la que termina relacionándose, representa algún problema típico de la sociedad japonesa de aquellos años, los cuales aún se mantienen vigentes, por lo cual resulta una lectura transversal en el tiempo.

El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso

En general son tres temas los que predominan en la novela: el amor, la soledad y la muerte. Es una especie de triángulo donde uno afecta al otro irremediablemente. La soledad te lleva a la muerte, mientras que el amor te salva de la soledad y por lo tanto de la muerte. El problema que desarrolla el autor es cómo enfrentar la soledad, porque el amor puede llegar en muchas formas y es posible que encerrados en nuestra soledad no lo veamos como realmente es. El amor llama y no somos capaces de verlo. El vacío existencial y la búsqueda de una identidad ponen a prueba a los personajes, no hay un camino para enfrentarlos, cada cual deberá buscar el suyo y su lugar en el mundo. Y cada cual deberá saber si rendirse o no es la solución. 

Tal vez mi corazón esté recubierto por una coraza y sea imposible atravesarla. Por eso no puedo querer a nadie.

Son temas muy interesantes que a través de un relato en primera persona podrían profundizarse por medio del monólogo interior o mediante introspecciones del protagonista. Pero Murakami no lo hace así. La narración es una serie de hechos, uno tras otro, no hay espacio para la reflexión de los personajes, pero sí para las emociones. Todo la relación de ellos con la soledad, el amor y la muerte se demuestra y no se dice. Es una novela de acción y diálogos. Donde no se pretende explicar lo que se siente, sino que se dice y punto, las cosas se demuestran por medio de hechos y no se detienen a dar explicaciones. Si el protagonista tiene un conflicto interior, no lo expresa con palabras, sino que lo describe mediante sus acciones. Y eso es lo que le da una fluidez vibrante en cada pasaje. Es un libro muy visual donde se presentan imágenes a cada instante y donde las emociones y lo sentimientos resultan palpables y cálidos. A pesar de lo positivo de esto, tiene un pero, y es que pierde profundidad. Se le podría sacar mucho más partido a los temas, pero eso podría cambiar el ritmo del libro. Algo se debe sacrificar para que otra cosa resulte. 


Cada personaje tiene una historia interesante tras de sí, reflejo del vertiginoso ritmo de vida de una ciudad que aprisiona y deshace relaciones hasta dejar a las personas solas. Eso refresca constantemente el relato. En los momentos en que la historia central pierde ritmo, aparece la historia paralela de otro personaje, que complementa, enriquece y alimenta la trama. Es el paso de una melancolía a otra. 

Las cosas fluyen hacia donde tienen que fluir, y por más que te esfuerces e intentes hacerlo lo mejor posible, cuando llega el momento de herir a alguien lo hieres. La vida es así.

A pesar de ser una novela que busca empatizar con los jóvenes, ya que ellos son los protagonistas. A pesar de eso, se hace una interesante mirada al mundo adulto a través de los ojos de la juventud. Hay padres, madres y amigos que de forma secundaria aportan la nota adulta a la historia, ya que sufren problemas muy similares a los de los jóvenes, a pesar de la experiencia. La búsqueda de un sentido de la vida parece no terminar con la madurez, sino que es un largo camino que recién empieza. Es una dura carga que se debe aprender a sobrellevar a través de la vida. Watanabe lo hace saber en las primeras líneas del libro, cuando ha alcanzado los 37 años. 

A decir verdad, en aquella época, a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en la que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo.

En general es un libro que me gustó mucho, absolutamente recomendable para todo tipo de personas. Es muy amigable con el lector. Es ágil narrativamente, y a pesar de la melancolía que aflora de sus historias, resulta entretenido, parece contradictorio, pero es así. El final es algo abrupto y no se desarrolla de forma satisfactoria, pero deja claro los destinos de los personajes y el lector sabrá como extrapolar esos mezquinos bocetos que Murakami ofrece del futuro de ellos. 

En una caja de galletas hay muchas clases distintas de galletas. Algunas te gustan y otras no. Al principio te comes las que te gustan, y al final sólo quedan las que no te gustan. Pues yo, cuando lo estoy pasando mal, siempre pienso: "Tengo que acabar con esto cuanto antes y ya vendrán tiempos mejores. Porque la vida es como una caja de galletas.
Ricardo Carrión
Administrador del blog