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lunes, 19 de febrero de 2018

Reseña Nº 204: Noches blancas [ Fiódor Dostoievski ]

Noches blancas (1848)

Fiódor Dostoievski (1821-1881)
Nórdica libros
2015
Clásico
Literatura rusa
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"Es irrealizable, pero la quiero"

Esta hermosa edición con ilustraciones la encontré por casualidad en la Biblioteca pública digital Didam. Es una novela corta muy diferente a todo lo que he leído de Dostoievski. 
Cuando pienso en sus libros y en sus personajes, me afloran a la memoria esas almas enfermas que deambulan por sus páginas, esos personajes que luchan contra las insoportables presiones de la vida, y por lo mismo, se ven afectados por diferentes trastornos mentales, como es el caso del epiléptico Smerdiákov y la histérica Lisa Jojlákov de Los hermanos Karamazov; el psicópata Raskólnikov de Crimen y castigo, el demente senil Ivolguin de El idiota, entre otros. 
Internarnos en los complejos mundos psicológicos de estos personajes es a lo que Dostoievski nos tiene acostumbrados. 

Pero el protagonista de esta historia, no parece tener un alma deformada como la de aquellos personajes. Por decirlo de alguna manera, no parece ser un alma monstruosa, sino un alma solitaria. 
Relatado en primera persona por el protagonista de la historia, Dostoievski nos conmueve al darnos un paseo por el mundo interior de este personaje afectado por la soledad y el paso del tiempo, por el estatismo; inmovilidad frente a la vida. 
No conocemos su nombre, pero con apenas veintiséis años no ha vivido a plenitud, no se relaciona con las personas, se ha dedicado a ser un mero espectador del paso del tiempo. No es casualidad que la historia esté ambientada en San Petersburgo, en pleno solsticio de verano, donde la oscuridad es mínima y las noches son claras, es decir, como si fuera siempre de día; el mismo día, como si el tiempo no pasara, en clara alusión al estatismo del protagonista. 

Hay algo indeciblemente conmovedor en la naturaleza de nuestro Petersburgo cuando llega la primavera y, de pronto, muestra todo su poder, todas las fuerzas con que le ha agraciado el cielo, se guarece con vegetación, se emperejila, las flores se visten de tonalidades... De alguna manera me recuerda involuntariamente a esa muchacha marchita y delicada a la que a veces mira con pena, a veces con cierto amor compasivo, otras simplemente no para en ella, pero que en un instante y como de improviso se vuelve indecible y maravillosamente bella, y usted, atónito, sin querer se pregunta: ¿Qué fuerza ha hecho brillar con tal luz esos ojos tristes, pensativos?

Él se pasea por la calles solitarias en aquellas noches blancas, sin conversar con nadie, pensando, soñando para él mismo, como toda persona que no se relaciona con el mundo real, se dedica a crear su propias fantasías. Hasta que en uno de aquellos paseos conoce a una muchacha de diecisiete años: Nástenka, quien tiene una vida bastante solitaria junto a su abuela ciega y controladora.

El encuentro entre estos dos personajes habla de soledades, un poco diferentes, pero en el fondo es un encuentro entre solitarios. Tal como decía Benedetti, la soledad puede ser una llama, y logró encender  por primera vez en este hombre el deseo de no estar solo. 

Si mi mano tiembla es porque nunca la había abrazado una mano tan dulce y pequeña como la suya. Me he deshabituado de las mujeres, quiero decir que nunca me acostumbré a ellas, es que estoy solo…

Puede que sea el despertar de un amor abrupto y precipitado, pero la psicología del personaje está tratada tan bien, que se entiende a la perfección su enamoramiento. También las actitudes de Nástenka son completamente entendibles, su vida pasada y su joven edad hacen comprensible sus actitudes. Al ser una novela corta los desplazamientos son mínimos, apenas de un sitio a otro, lo que la convierte en una novela de monólogos, diálogos y recuerdos. Gracias a eso recorremos los solitarios pasillos de las vidas de estos dos personajes. Siendo el caso más interesante el del protagonista, quien de pronto despierta y siente que la vida se le ha pasado sin vivirla realmente, sus monólogos están cargados de dichas reflexiones, las cuales expresa a través de un lenguaje florido que se inclina hacia una prosa poética, la cual no hace más que acentuar lo estilístico del pensamiento del protagonista, un soñador y constructor de mundos imaginarios: un escritor en potencia. 

Un soñador —por si necesita una definición minuciosa— no es una persona ¿sabe?, sino una criatura de género neutro. Habita mayormente en algún rincón inaccesible, como si se ocultara hasta de la luz del día y, cuando se encierra en sí mismo, se adhiere a su rincón como un caracol...

La estructura de la novela es muy simple. Se basa en en el corto período de tiempo en que se generan los encuentros entre Nástenka y el protagonista. Los cuales se llevan a cabo durante cuatro noches, pero que finalmente incluye un capítulo de una mañana, el cual funciona como epílogo. Lo grandioso de esta estructura, es que está hecha de esa forma para que sirva como reflejo de los sucesos internos que vive el protagonista, el soñador. Las cuatro noches representan su vida monótona, donde todos los días son iguales y él continúa soñando, pero al mismo tiempo viviendo un proceso importante, en el que se dará cuenta de que el atreverse a dejar aflorar sus sentimientos, le causará dolor, pero al mismo tiempo sentirá que vive por primera vez. Y por eso, el último capítulo ya no habla de una noche, sino de una mañana, de un renacer con dolor, el rompimiento de un ciclo de silencio e incomunicación, para dar paso a un nuevo tiempo, en donde toda la vida puede valer la pena si amó en un instante. 

Sentado aquí a su lado y mientras hablamos, me da hasta miedo pensar en el futuro porque en el futuro hay de nuevo soledad, de nuevo esa vida rancia e innecesaria. ¡Y con qué voy a soñar cuando en la vida real he sido tan feliz a su lado!

¡Dios mío! ¡Todo un minuto de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana?
 Ricardo Carrión
Administrador del blog