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jueves, 26 de julio de 2018

Reseña Nº 228 : El lugar sin límites

El lugar sin límites (1966)

donoso
José Donoso (1924 - 1996)
100 Páginas



Ya es el quinto libro que leo del auro chileno José Donoso. Desde que inicié con El jardín de al lado no he podido parar de leerlo y su literatura me sorprende. De acuerdo con mi pequeña experiencia, me atrevo a recomendar a El lugar sin límites como uno de los libros ideales para iniciarse con él, no solo por su brevedad, sino por las temáticas y las diversas técnicas narrativas que usa. Si quieren conocer cómo escribe Donoso, este libro es el fiel reflejo de su estilo.

¿De qué trata El lugar sin límites?

Decadencia, fin, un mundo que llega a su ocaso. Es que Donoso halla allí la esencia de su literatura, en esos momentos previos al fin de un ciclo, en ese lapso de tiempo en que la estructura que apenas se sostiene en pie, tambalea y luego cae. Cuando pienso en El lugar sin límites pienso en una implosión, un derrumbe desde el exterior hacia el interior. 

La historia trata de un pequeño pueblo campesino "olvidado", o más bien, perdido entre hectáreas de viñedos, llamado "El Olivo". El progreso lo dejó atrás y no le queda más que desaparecer. Mismo destino que compartirá su único y pequeño prostíbulo, junto con sus dueños: La Manuela, un anciano travesti y su hija, la Japonesita.

"Puta triste, puta de mal agüero. Se lo dijo a la Japonesita cuando asiló a la Clotilde hacía poco más de un mes". 

A esto me refiero con implosión: Cae el pueblo, cae el prostíbulo, cae su dueño. De más a menos, de grande a pequeño, desde el todo hasta la unidad. El colapso de un pueblo que se hunde con todos sus habitantes, pero solo los pobres.

"El Olivo no es más que un desorden de casas ruinosas sitiado por la geometría de las viñas que parece que van a tragárselo".

Todo cae por intereses económicos. La gente humilde y pobre no puede hacer nada contra las desiciones de los ricos. La diferencia de clases enciende la mecha del fin. Es que la propia existencia del pueblo responde a los caprichos de un hombre poderoso: el senador Alejandro Cruz.
Él maneja los hilos del destino de los habitantes de El Olivo,  los engaña, los manipula, y todo para su propio beneficio y las personas no se dan cuenta, no ven su verdadera apariencia bajo la máscara que Donoso le pone.

¿No ves que es dueño de todas las viñas, de todas, hasta donde se alcanza a ver? Y es tan bueno que cuando alguien lo ofende, como éste que estuvo molestando, después se olvida y los perdona."

Pero la máscara no solo es utilizada por los ricos. En ese mundo de prostitución campesina, donde el huaso bruto discrimina sin piedad, allí en medio de calaminas que dejan pasar el aire frío que se combate con braseros, y donde suena una victrola que, como todo a su alrededor, está a punto de romperse, allí en medio de la desesperanza está La Manuela, disfrazándose con una energía arrolladora, aunque siempre con una constante pelea interior.

"Un año llevaba soñando con él. Soñando que la hacía sufrir, que le pegaba, que la violentaba, pero en esa violencia, debajo de ella o dentro de ella, encontraba algo con qué vencer el frío del invierno".

En este libro corto en donde las descripciones son justas y precisas, se pueden ver los contrastes de esa diferencia de clases en gestos y acciones tan simples que enternecen, como cuando la Manuela se encuentra con el dueño del pueblo que Donoso describe de forma impecable en pocas palabras. En ese encuentro ella mete los pies al barro. El barro la ensucia, la humilla, la avergüenza, esto enternece porque los avergonzados son los que aún tienen alma, corazón y esperanza. Mientras que los que lo tienen todo, son desalmados, vacíos y aprovechadores. Es por eso que, cuando cierras el libro, cuando lo terminas y ya todo ha caído, solo queda el recuerdo de La Manuela que se irá perdiendo lentamente en nuestra memoria, hasta que el proceso de destrucción ideado por Donoso; ideado para que continué incluso después de acabado el libro, llegue a su fin, si es que alguna vez tiene un fin. Y es que la literatura, la buena literatura, pocas veces te abandona.

Las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian comienzan a concluirse, están siempre concluyéndose. Lo terrible es la esperanza.

Ricardo Carrión
Administrador del blog