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viernes, 17 de noviembre de 2017

Reseña Nº 191: Sin azúcar

Sin azúcar

Daniela Márquez Colodro
Editorial Zig-Zag
Colección viento joven
208 páginas

"Me llamo Ema, tengo once años, y a los nueve tuve que aceptar que mi cuerpo no producía insulina". Pág. 8.

La pequeña Ema tiene una vida normal. Durante la semana asiste al colegio y va a clases de natación, los domingos los pasa con sus padres y vive en una población muy tranquila de Estación Central, en Santiago de Chile. Su casa está ubicada en un pasaje bastante aburrido, donde no hay más niños de su edad, salvo por Yan Zin, una niña de origen chino, un año mayor que ella, cuyos padres se erradicaron en Chile cuando era una recién nacida. Es por ello, que ha construido una amistad inquebrantable con Ema. Desde pequeñas han sido vecinas y amigas a pesar de no ir al mismo colegio. Todas las tardes se reúnen después de clases para hacer tareas y pasar el rato juntas. El hecho de que sus familias tengan culturas diferentes, solo ha constituido una vida más interesante para estas niñas.

A pesar de lo anterior, Ema no se puede sentir normal, ya que depende desde los nueve años de la insulina. Su madre se ha hecho cargo de inyectársela diariamente y de medirle el azúcar en la sangre (Glicemia) por la mañana y por la noche. Vive de esa forma, tratando de mantener su cuerpo en equilibrio. Debe mantener su glicemia entre ciertos rangos para evitar una crisis por la baja o alza del azúcar en su sangre. Es por eso que debe comer seis veces al día pequeñas cantidades de alimento. Bajo estas reglas, se desenvuelve en un mundo donde no encuentra a nadie como ella. Se siente sola.

"En momentos como esos, cuando la realidad me hacía ser la única manzana roja en un canasto donde solo había verdes, la vida me parecía más injusta conmigo que con mis amigas. Ni en mi curso ni en mi nivel había otra persona con diabetes. Tampoco en mi pasaje." ¿Por qué yo? Pág. 63. 


Sus padres tienen una tienda de ropa en un centro comercial. La cual se mantiene abierta de lunes a domingo. Debido a eso, casi nunca están con ella en la casa, salvo por el día domingo. Esto intensifica la soledad de Ema, que al ser hija única, solo cuenta con su nana Guacolda y su amiga Yan Zin.

"Había momentos en los que me sentía tan cerca de ella, y otros tan lejos, casi como una huérfana. Mis papás debieron llamarme Soledad, no Ema." Pág. 88. 

Así transcurre su vida. Hasta que un día, al fin sucede algo interesante donde vive. Una de las eternas familias del pasaje se muda, y a los pocos días llega una nueva. Así es como conocen a Agustín, un niño de casi once años que, es toda una sorpresa. Se la pasa en el techo de su casa mirando el universo por su telescopio. Es muy inteligente, muy maduro para su edad y con un sentido del humor bastante retorcido. Gracias a su aparición, vivirán una pequeña aventura, que llevará a Ema a enfrentar sus problemas, a no quedarse callada y decir lo que le oprime el corazón.
Gracias al poder de la amistad y a los lazos familiares, la protagonista sufrirá un punto de inflexión positivo en su vida.

A través del relato en primera persona de Ema, nos adentramos en su cotidianidad. Desde sus ojos es posible percibir aspectos relevantes de la vida diaria que podrían pasar desapercibidos para una mirada adulta.
La autora en unas pocas páginas nos sumerge en un mundo cerrado, es el mundo de Ema, pero desde su casa, con sus amigos y vecinos del pasaje. Hay menciones de su escuela y sus compañeros, pero no se exterioriza. Todo se concentra en su barrio. Desde allí se aborda la temática principal del libro, el eje de la historia: la diabetes en los niños. Hay mucha precisión al respecto, todos los detalles están bien cuidados: como la alimentación, lo que hay que hacer en casos de comas diabéticos, los procedimientos para medir la glicemia, los síntomas cuando la enfermedad se manifiesta por primera vez. Está todo muy bien explicado, de una forma tal que los niños y jóvenes lo comprendan. Lo que la historia logra es acercar este problema que muchos viven en soledad al público en general, busca despertar esa empatía tan escasa de nuestro tiempo.

"Empecé a sentirme mareada. Mis manos transpiraban helado y de pronto dar un paso más me pareció titánico, de un esfuerzo incalculable. Era la señal. La de la descompensación." Pág. 179.

Pero para desarrollar este tema, es necesario seguir a Ema en su vida diaria. Y esa vida, que podría ser aburrida y repetitiva, resulta enriquecida y atractiva para el lector juvenil, gracias a la inclusión de ciertos detalles que despiertan su atención. Como la reunión de dos culturas tan diferentes como la China y la Chilena. Las constantes descripciones de los hábitos de la familia de Yan Zin, y de cómo ella se maravilla de las costumbres chilenas, producen un contraste lleno de vitalidad. Además, hay vecinos bien singulares, como los Núñez, que representan a esa parte de la población que está consciente del daño que el hombre hace al medio ambiente. Y luego, cuando aparece Agustín, aporta su lado científico y organizativo, para terminar de darle a la historia el cariz que requiere.

Hay dos temas que se destacan en el libro, y gracias a ellos los protagonistas se mueven y evolucionan. El primero es la amistad que los lleva a formar lazos inquebrantables, y a través de esa unión superar temores y obstáculos. El segundo es la comunicación, ya que por medio de ella, se logran resolver conflictos, malentendidos y problemas muy íntimos, como la soledad de una niña cuyos padres trabajan todo el día, o la de un matrimonio recién separado.

Es una historia que a pesar de su breve extensión, trae muchos elementos positivos para el público juvenil en general, como también para ayudar a los adultos en la comprensión de los problemas de los niños a esa edad.
Muchas gracias a Editorial Zig-Zag por el envío del ejemplar  
Ricardo Carrión
Administrador del blog