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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mis reflexiones: El camino del lector

El camino del lector



Nos enseñan a leer desde pequeños para que podamos enfrentarnos a un mundo en constante crecimiento, en donde la carencia de una habilidad tan usual tiene un alto costo. Leer es un arma que necesitamos para valernos por nosotros mismos y poder integrarnos a la sociedad de mejor manera. Parece ser una habilidad común, necesaria y práctica, pero leer tiene un potencial inimaginable, incalculable, es una destreza tan poderosa que podría cambiar el destino de la humanidad. El mundo está lleno de personas que saben leer pero que no leen. 

Cuando tomas un libro y te dispones a leer una historia, estás siendo invitado por otra persona a compartir su intimidad; fuera ya, del mundo físico. Ingresas al universo mismo, en donde se encuentran las verdades fundamentales. A través de ese lazo que se forma entre lector y escritor vamos dando pequeños vistazos a ese lugar donde están todas las respuestas, donde las ideas no son claras, porque se encuentran sumergidas en el caos del cual estamos hechos. Esos símbolos tan simples llamados letras, son la llave para llegar a entender nuestra esencia, que va mucho más allá de tener un cuerpo físico.
Dominar el caos no es posible, pero sí podemos ir dándole formas, podemos estirarlo y manipularlo; transformándolo en historias, en relatos. Donde las singularidades se condensan y se transforman en sentimientos y emociones, que son el centro de todas las historias.
Una de las mejores formas de entendernos a nosotros mismos es a través de las historias; allí encontraremos las enseñanzas para alejar al ser humano de su lado destructivo y acercarlo al creativo, compasivo y empático.

Pero obligar a leer está mal. La lectura debe ser un acto voluntario, libre, completamente espontáneo. Hoy en día, en un mundo que nos ofrece tantas distracciones que ocupan el poco tiempo libre que nos queda, es muy difícil que las personas reserven un espacio para la lectura. El cansancio y la fatiga del día de trabajo no facilita para nada el acto de llegar a casa y tomar un libro. Claro, leer requiere cierto esfuerzo de concentración; creo que ese es uno de los principales motivos por lo que la gente lo evita. Pero desconocen lo mucho que te puedes llegar a relajar con una lectura, que logre captar tu atención;  una vez que se haya establecido el vínculo entre lector y escritor, el esfuerzo consciente de que estás leyendo, se olvida y desapareces por un instante de la dimensión graduada en horas, minutos y segundos, para volverte un ser eterno.

Las personas deben ser motivadas para leer. Pero parece ser más fácil obligar, que motivar y dar el ejemplo. Imponerles una lectura desde pequeños como hacen en las escuelas, causa rechazo, solo se consigue que leer sea una tarea más; una lectura por compromiso jamás entablará el vínculo necesario para disfrutar de una historia.

Lo ideal sería que se les motivara a través de sus gustos personales, que lean porque les interesa. Y poco a poco se vayan habituando a concentrarse, a dar vuelta las páginas, a mover los ojos de un lado a otro; leer es todo un ejercicio, una sincronización de los sentidos, que por medio de la práctica es la única forma de acostumbrarse. Por ello encuentro a la literatura juvenil e infantil tan importante, es esencial para que los más pequeños y los más jóvenes, comiencen con dicho ejercicio a través de un texto que los motive, no sea dificultoso y les imparta valores. Entregándoles la sensación de haber terminado un libro completo de forma placentera y no tediosa.

Soy de las personas que cree firmemente en la evolución del lector, que a partir de la literatura infantil, juvenil, thrillers y bestseller, comenzará a variar sus gustos, e ira incorporando nuevos títulos, de acuerdo a sus intereses, y es ahí el momento; cuando la persona ya se ha convertido en un lector habitual; cuando terminar un libro ya no es una tarea titánica; es ahí cuando las grandes obras de la literatura universal y clásica entrarán en su vida, no antes, no por la fuerza, sino por iniciativa propia, sin dejar de lado los otros géneros. Aquel, es el camino de un lector.