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viernes, 7 de diciembre de 2018

La náusea de Sartre: FRASES, citas, quotes [ Existencialismo ]

Frases y fragmentos: La náusea de Sartre


Recopilación de textos de la primera novela filosófica de Jean Paul Sartre

novela-francesa
Durante principios de este año leí La náusea de Jean Paul Sartre y mientras lo hacía me dediqué a escribir minuciosamente todas las frases y fragmentos que me maravillaron. Anoté también la página de la que extraí cada cita, por lo que si alguno tiene la edición que aparece en la fotografía puede ir a la página y encontrar el texto, lo cual puede ser muy útil si están haciendo una revisión bibliográfica de la novela. Creo que es una de las recopilaciones más extensas que he hecho en este blog y es debido a que La náusea fue un libro que me impactó tremendamente.

Las frases y fragmentos existencialistas más destacados del libro:


En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme. Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos días perdidos, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío, no. Ni siquiera puedo decidir si es lindo o feo. Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra. Pág. 36.

Era una especie de repugnancia dulzona. ¡Qué desagradable era! Y procedía del guijarro, estoy seguro; pasaba del guijarro a mis manos. Sí, es eso, es eso; una especie de náusea en las manos. Pág. 28.

Entonces me dio la Náusea: me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor; tenía ganas de vomitar. Y desde entonces la Náusea no me ha abandonado, me posee. Pág. 40.


La Náusea no está en mí; la siento allí, en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Pág. 41.

Pero el tiempo es demasiado ancho, no se deja llenar. Todo lo que uno sumerge en él se ablanda y estira. Pág. 43.

Así es el tiempo, el tiempo desnudo; viene lentamente a la existencia, se hace esperar y cuando llega uno siente asco porque cae en al cuenta de que hacía mucho que estaba ahí. Pág. 58-59.

Sueño basándome en palabras, eso es todo. Pág. 61

Ciertos conocimientos abreviados permanecen en mi memoria. Pero ya no veo nada; es inútil que hurgue en el pasado, sólo saco restos de imágenes y no sé muy bien lo que representan, ni si son recuerdos o ficciones. Pág. 60 - 61.

Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte. Hacia esta muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable y; sin embargo, no movería un dedo para impedir su aniquilación. El último minuto que paso en brazos de una mujer conocida la antevíspera —minuto que amo apasionadamente, mujer que estoy a punto de amar— terminará, lo sé. Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mí, nada, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos y; sin embargo, el minuto transcurre y no lo retengo; me gusta que pase. Y entonces de pronto algo se rompe. La aventura ha terminado, el tiempo recobra su blandura cotidiana. Ahora el fin y el comienzo son una sola cosa. Aceptaría revivirlo todo, en las mismas circunstancias. Pero una aventura no se empieza de nuevo ni se prolonga. Pág. 68-69.

…para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede, y trata de vivir su vida como si la contara. Pero hay que escoger: o vivir o contar. Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos. Pág. 70.

Esto es vivir. Pero al contar la vida, todo cambia; sólo que es un cambio que nadie nota; la prueba es que se habla de historias verdaderas. Como si pudiera haber historias verdaderas; los acontecimientos se producen en un sentido, y nosotros los contamos en sentido inverso. Pág. 71.

Por el momento querían vivir con el mínimo de gasto, economizar gestos, palabras, pensamientos, hacer la plancha: tenían un solo día para borrar las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana. Un solo día. Sentían que los minutos se les deslizaban entre los dedos; ¿tendrían tiempo de acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana? Pág. 90-91.

Pero para mí no hay ni lunes ni domingo; hay días que se empujan en desorden, y de pronto, relámpagos como éste. Pág. 93.

Hoy ya no espero nada vuelvo a mi casa al final de un domingo vacío: la cosa está allá.
Echo a andar. El viento me trae el grito de una sirena. Estoy completamente solo pero camino como un ejército que irrumpiera en una ciudad. Pág. 94.

Quizá no haya nada en el mundo que me importe tanto como este sentimiento de aventura. Pero viene cuando quiere; se va rápidamente, ¡Y me deja tan agotado! ¿Me hará estas breves visitas irónicas para demostrarme que he echado a perder mi vida? Pág. 96.

No necesito hacer frases. Escribo para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras. Pág. 96.

De pronto uno siente que el tiempo transcurre, que cada instante conduce a otro, éste a otro y así sucesivamente; que cada instante se aniquila, que no vale la pena intentar retenerlo, etc., etc. Y entonces atribuimos esta propiedad a los acontecimientos que se presentan en los instantes; lo que pertenece a la forma lo referimos al contenido. En suma, se habla mucho del famoso transcurso del tiempo, pero nadie lo ve. Vemos una mujer, pensamos que será vieja, pero no la vemos envejecer. Ahora bien, por momentos nos parece que la vemos envejecer y que nos sentimos envejecer con ella: es el sentimiento de aventura. Pág. 97.

El pasado es un lujo de propietario. Pág. 110

Nadie se mete el pasado en el bolsillo. Hay que tener una casa para acomodarlo. Mi cuerpo es lo único que poseo; un hombre solo, con su cuerpo, no puede detener los recuerdos; le pasan a través. No debería quejarme; sólo quise ser libre. Pág. 110

Supongo que es por pereza que el mundo se asemeja de un día a otro. Parecía como si hoy quisiera cambiar. Y entonces, todo todo podía suceder. Pág. 128.

Yo no tenía derecho a existir. Había aparecido por casualidad. Existía como una piedra, como una planta, como un microbio. Mi vida crecía a la buena de Dios y en todas direcciones. A veces me enviaba vagas señales; otras veces solo sentía un zumbido sin consecuencias. Pág. 139.

Mi existencia comenzaba a asombrarme. ¿No sería yo simplemente una apariencia? Pág. 142.

M. de Rollebon era mi socio: él me necesitaba para ser, y yo lo necesitaba para no sentir mi ser. Yo proporcionaba la materia bruta, esa materia bruta que tenía para la reventa, con la cual no sabía qué hacer: la existencia, mi existencia. Su parte era representar. Permanecía frente a mí y se había apoderado de mi vida para representarme la suya, Yo ya no me daba cuenta de que existía, ya no existía en mí sino en él; por él comía, por él respiraba, cada uno de mis movimientos tenía sentido fuera, allí, justo frente a mí en él; ya no veía mi mano trazando las letras en el papel, ni siquiera la frase que había escrito; detrás, más allá del papel, veía al marqués que había reclamado este gesto, cuya existencia consolidaba este gesto. Yo era sólo un medio de hacerlo vivir, él era mi razón de ser, me había librado de mí. ¿Qué haré ahora? Pág. 160.

La cosa, que aguardaba, me ha dado la voz de alarma, me ha caído encima, se escurre en mí, estoy lleno de ella. La Cosa no es nada: la Cosa soy yo. La existencia liberada, desembarazada, refluye sobre mí. Existo. Pág. 160.

Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave. Tengo la boca llena de agua espumosa. La trago, se desliza por mi garganta, me acaricia y renace en mi boca. Hay permanentemente en mi boca un charquito de agua blancuzca que me roza la lengua. Y este charco también soy yo. Y la lengua. Y la garganta soy yo. Pág. 160-161.

Me levanto sobresaltado; si por lo menos pudiera dejar de pensar, ya sería mejor. Los pensamientos son lo más insulso que hay. Más insulso aún que la carne. Son una cosa que se estira interminablemente, y dejan un gusto raro. Y además, dentro de los pensamientos están las palabras, las palabras inconclusas, las frases esbozadas que retornan sin interrupción. Pág. 162.

Yo no tengo tribulaciones, dispongo de dinero como un rentista, no tengo jefe, ni mujer, ni hijos; existo, eso es todo. Pág. 172.

Cada uno tiene su pequeño empecinamiento personal que le impide darse cuenta de que existe; no hay una que no se crea indispensable para alguien o para algo. 180

Existo –el mundo existe–y sé que el mundo existe. Eso es todo. Pero me da lo mismo. Es extraño que todo me dé lo mismo: me espanta. Pág. 197.

No necesito volverme para saber que me miran a través de los vidrios; miran mi espalda con sorpresa y disgusto; creían que era como ellos, que era un hombre y los he engañado. De pronto perdí mi apariencia de hombre, y vieron un cangrejo que escapaba a reculones de esa sala tan humana. Pág. 198.

La Náusea no me ha abandonado y no creo que me abandone tan pronto; pero ya no la padezco, ya no es una enfermedad ni un acceso pasajero: soy yo. Pág. 203

Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”. Era como los demás, como los que se pasean a la orilla del mar con sus trajes de primavera. Decía como ellos: “el mar es verde”, “aquel punto blanco, allá arriba, es una gaviota”, pero no sentía que aquello existía, que la gaviota era una “gaviota-existente”; de ordinario la existencia se oculta. Está ahí, alrededor de nosotros, en nosotros, ella es nosotros, no es posible decir dos palabras sin hablar de ella y, finalmente, queda intocada. Hay que convencerse de que, cuando creía pensar en ella, no pensaba en nada, tenía la cabeza vacía o más exactamente una palabra en la cabeza, la palabra “ser”. O pensaba… ¿cómo decirlo? Pensaba la pertenencia, me decía que el mar pertenecía a la clase de los objetos verdes o que el verde formaba parte de las cualidades del mar. Aun mirando las cosas, estaba a cien leguas de pensar que existían: se me presentaban como un decorado. Págs. 203-204.

Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta; era la materia misma de las cosas, aquella raíz estaba amasada en existencia. O más bien la raíz, las verjas del jardín, el césped ralo, todo se había desvanecido; la diversidad de las cosas, su individualidad sólo eran una apariencia, un barniz. Ese barniz se había fundido, quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden, desnudas, con una desnudez espantosa y obscena. Pág. 204.

Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros: cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros. Pág. 205.

Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Solo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo. Pág. 210.

Todo estaba pleno, todo en acto, no había tiempo débil; todo, hasta el sobresalto más imperceptible, estaba hecho de existencia. Y todos esos existentes que se afanaban alrededor del árbol no venían de ninguna parte ni iban a ninguna parte. De golpe existían y después, de golpe, no existían: la existencia no tiene memoria; no conserva nada de los desaparecidos, ni siquiera un recuerdo. Existencia en todas partes, al infinito, de más siempre y en todas partes; existencia, siempre limitada sólo por la existencia. Me dejé estar en el banco, aturdido, abrumado por esa profusión de seres sin origen; en todas partes eclosiones, florecimientos; me zumbaban de existencia los oídos, mi misma carne palpitaba y se entreabría, se abandonaba a la brotadura universal; era repugnante. “¿Pero por qué, pensaba yo, por qué tantas existencias, si todas se parecen?” 213.

Imposible ver las cosas de esta manera. Blanduras, debilidades, sí. Los árboles flotaban, ¿ímpetu hacia el cielo? Más bien un derrumbe; a cada instante esperaba ver arrugarse los troncos como juncos cansados, encogerse y caer al suelo en un montón negro y blando con pliegues. No tenían ganas de existir, pero no podían evitarlo; eso es todo. Entonces hacían todos sus pequeñas cocinas, despacito, sin entusiasmo; la savia subía lentamente en los vasos, a contra gusto, y las raíces se hundían lentamente en la tierra. Pero a cada instante parecían a punto de plantarlo todo allí y de aniquilarse. Cansados y viejos, continuaban existiendo de mala gana, simplemente porque eran demasiado débiles para morir, porque la muerte sólo podía venirles del exterior. Pág. 214.

Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad. Me dejé ir hacia atrás y cerré los párpados. Pero las imágenes, en seguida vigilantes, saltaron y vinieron a colmar de existencias mis ojos cerrados: la existencia es un lleno que el hombre no puede abandonar. Pág. 214.

Parecía como si las cosas fueran pensamientos que se detenían en el camino, que se olvidaban, que olvidaban lo que habían querido pensar, y permanecían así, saltando, con un sentido pequeño y ridículo. Pág. 216.

Soy libre: no me queda ninguna razón para vivir, todas las que probé se han soltado y ya no puedo imaginar otras... Solo y libre. Pero esta libertad se parece un poco a la muerte. Pág. 248.

Son apacibles, un poco taciturnos, piensan en Mañana, es decir, simplemente en un nuevo hoy; las ciudades no disponen más que de una sola jornada que se repite, muy parecida, todas las mañanas. Apenas la adornan un poco los domingos. Imbéciles. Me repugna pensar que volveré a ver sus caras gruesas y tranquilas. Legislan, escriben novelas populistas, se casan, cometen la extrema estupidez de tener hijos. Entretanto, la gran naturaleza vaga se ha deslizado en la ciudad, se ha infiltrado en todas partes. Pág. 251.


La verdad es que no puedo soltar la pluma: creo que voy a tener la náusea y mi impresión es que la retardo escribiendo. Entonces escribo lo que me pasa por la cabeza. Pág. 274.


Reseña en vídeo de La Náusea




Ricardo Carrión
Administrador del blog




viernes, 2 de marzo de 2018

La náusea [ Jean-Paul Sartre ] Reseña Nº 205

La náusea (1938)

Análisis y opinión

ricardo-carrion
Jean-Paul Sartre (1905-1980)
Alianza Editorial
282 páginas
Novela existencialista 

El existencialismo nace aproximadamente a finales del siglo XIX y principios del XX. Se acentúa y toma una forma definitiva en la primera mitad del siglo XX, específicamente en el periodo entre  guerras mundiales. La devastación bélica, hace sentir al hombre soledad, lo hace ser consciente de que está solo en el mundo, completamente desamparado. A esto hay que sumarle la carencia de objetivos, dando como resultado el cuestionamiento sobre su propia existencia, provocando la angustia interna. Esto es un proceso individual, no colectivo, ya que en lo social es donde el hombre puede encontrar una forma de no pensar en su singularidad, de abstraerse, se hace uno con los demás, formando un solo ente, perdiéndose a sí mismo. 

Sartre, más que un escritor, es un filósofo. Él es uno de los responsables de acuñar el término definitivamente. Pero lo hace contradiciendo un paradigma clásico del existencialismo. Antes, se pensaba que la esencia precedía a la existencia. Lo cual implicaba que existía un creador que pensaba en algo y que luego lo creaba, dándole existencia. Para Sartre es todo lo contrario: La existencia precede a la esencia. 

En este libro Sartre nos introduce en su filosofía y nos demuestra cómo la existencia precede a la esencia en el ser humano. Para eso crea un personaje fuera de lo común. Con una vida solitaria con las características necesarias para que no se sienta parte de la sociedad y pueda mirarla desde fuera, de forma individual, como un espectador, pero que, al mismo tiempo, puede verse a sí mismo por dentro, por medio de exhaustivas interrogantes que lo asaltan a cada instante. 

"Yo no tenía derecho a existir. Había aparecido por casualidad. Existía como una piedra, como una planta, como un microbio. Mi vida crecía a la buena de Dios y en todas direcciones." Pág. 139


"Mi existencia comenzaba a asombrarme. ¿No sería yo simplemente una apariencia?" Pág. 142

Antoine Roquentin es un hombre que ha viajado mucho, es soltero y tiene treinta años. No tiene problemas económicos, tanto así que deja su último trabajo por haberse cansado de viajar. Como vive de una renta, decide aislarse en la imaginaria ciudad francesa de Bouville. Allí su vida transcurre con monotonía, con visitas al museo, caminatas por la ciudad, y una constante estadía en el biblioteca, en donde se dedica a escribir un libro sobre un personaje histórico del siglo XVIII: el Marqués de Rollebon. Así, con ese afán de escribir sobre el pasado, Roquentin comienza a sentir extraños síntomas que lo hacen sentirse asqueado, él lo llama: La náusea. 

“Era una especie de repugnancia dulzona. ¡Qué desagradable era! Y procedía del guijarro, estoy seguro; pasaba del guijarro a mis manos. Sí, es eso, es eso; una especie de náusea en las manos.” Pág. 28.

"Entonces me dio la Náusea: me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor; tenía ganas de vomitar. Y desde entonces la Náusea no me ha abandonado, me posee. Pág. 40.


"La Náusea no está en mí; la siento allí, en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor".  Pág. 41.


Todo esto lo sabemos por medio del mismo Roquentin que narra en primera persona a través de un confuso diario personal. En medio de sus peripecias, La náusea se va intensificando, hasta el punto en que descubre que el pasado no tiene sentido. Él se da cuenta que los recuerdos son solo una excusa para sentir que no se ha vivido en vano, y que el mérito de olvidarlos intensifica su vida, le da una sensación única de aventura, ya que solo ese instante importa, pero a la vez, siente el vértigo de que no hay nada más adelante y no hubo nada más atrás, es solo el ahora, la existencia vacía. Eso lo llena de angustia, a tal punto de compararse con la vegetación y los objetos. Ellos no tienen conciencia, solo existen, en cambio el ser humano adquiere el conocimiento y se da cuenta de la verdad: de que la existencia precede a la esencia. Aunque tengamos el conocimiento, este no es eterno, no trasciende. Solo lo hace existencia. Es todo lo que hay, afloramos de la nada, somos brotes aleatorios de vida que no respondemos a ningún plan ni proyecto. Podemos existir como también no existir. No tenemos causa, somos contingentes. 

“Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Solo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo.” Pág. 210.

Estas ideas que Sartre nos comunica a través del relato, las hace entender de una forma didáctica. No es un texto de filosofía, sino que crea un personaje que vive el proceso de entender que su vida es absurda. Por lo mismo, para llegar a eso, no nos cuenta una vida interesante, no es una historia entretenida, sino que es degradativa. Es un proceso de descomposición. El personaje va perdiendo poco a poco lo único que lo protege contra La náusea: el amor de una mujer y su libro. Por lo que no es una historia recomendable para alguien que busque un relato que lo motive a leer, sino para personas que busquen ideas que los motiven a leer. Es un historia de pensamientos y reflexiones que Sartre hila de forma inteligente, concepto a concepto, hasta llegar a una devastadora conclusión.


"Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta; era la materia misma de las cosas, aquella raíz estaba amasada en existencia. O más bien la raíz, las verjas del jardín, el césped ralo, todo se había desvanecido; la diversidad de las cosas, su individualidad sólo eran una apariencia, un barniz. Ese barniz se había fundido, quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden, desnudas, con una desnudez espantosa y obscena". Pág. 204.


"Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros: cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros". Pág.  205.



Muchas gracias a Alianza editorial y a Editorial Zig-Zag por el envío del ejemplar.

Ricardo Carrión 
Administrador del blog